Entre Mérida y Sevilla, de Chiron baluarte fiero, muestra al orbe su denuedo caballero Cabanillas. Sin darse de campanillas defiende desde primero el estudio sandunguero del latín y sus cosillas. Y por tan heroico reto es causa de mis desvelos.
Resuena el cartaginés en la web dos punto cero, matemático bloguero de la Torre Aníbal es. Por derecho y de través de herramientas consejero, con foto, cita o video reflexiona mes a mes. Y por su algebraico esfuerzo es causa de mis desvelos.
En Armas levanta un barrio un sueño bitacorero que se aplica con esmero en publicar casi a diario. No me acusen de falsario por ser actimolinero ya que soy esclavo sincero y de Elisa partidario. Y por ser su prisionero es causa de mis desvelos.
Tigre, Puente, Paco, Zayas, Cuerva, Doménech, Sekeirox. ¡Son tantos nombres blogueros los que en el Reader aguardan haciendo de la web aula y del aula mentidero! Escuela de un marinero perdido en la gran malla que de tanto andar entre ellos no siente sino desvelos.
Casi toda mi vida he intentado huir del sevillanismo, pero con estos cuarenta y demasiados años que me alumbran ya no puedo luchar más contra mi naturaleza. Nací en esta ciudad, en ella he vivido, a ella maldigo y de ella disfruto. El folklorismo barato de túnicas nazarenas y mujeres aflamencadas me horroriza y me atrae a la vez, quizás por una simple cuestión estacional. Se me antoja Sevilla compleja y completa, como todas las ciudades, supongo. Purista y rompedora, conservadora y progresista, incoherente, viva, predecible y misteriosa cuando quiere, literaria.
A Sevilla -a mi relación con ella- quiero dedicar una sección de esta bitácora. No puedo imaginar lo que dará de sí. Es probable que malviva con algunas entradas desperdigadas en el tiempo, pero también me gustaría pensar que me servirá para escribir sobre cuestiones que llevo años pensando abordar y que la desidia, la vergüenza y las urgencias han obligado a postergar. No puedo ni debo prometer nada, porque al fin y al cabo esto es un blog, se hace en presente y no soporta bien los proyectos. Ya veremos.
La primera entrada de la sección quiero que vaya acompañada de un poema de Charles Bukowski que hoy pienso que responde a mis intenciones, pero que -aviso- puede no guardar relación con el devenir futuro, si es que lo hay.
Un Poema es una Ciudad
Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas, llena de santos, héroes, pordioseros, locos, llena de banalidad y embriaguez, llena de lluvia y truenos y periodos de ahogo, un poema es una ciudad en guerra, un poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj, un poema es una ciudad ardiendo, un poema es una ciudad bajo las armas sus barberías llenas de borrachos cínicos, un poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo por las calles como Lady Godiva, donde los perros ladran en la noche y persiguen la bandera; un poema es una ciudad de poetas, muchos de ellos muy similares y envidiosos y amargados… un poema es esta ciudad ahora, a 50 millas de ninguna parte a las 9:09 de la mañana, el sabor a licor y cigarrillos, sin policía, sin amantes, caminando en las calles, este poema, esta ciudad, cerrando sus puertas, fortificada, casi vacía, enlutada sin lágrimas, envejecida sin pena, las montañas rocosas, el océano como una llama de lavanda, una luna carente de grandeza, una leve música de ventanas rotas…
Un poema es una ciudad, un poema es una nación, un poema es el mundo… Y ahora pongo esto bajo el cristal para el loco escrutinio del editor y la noche está en cualquier lado y lánguidas damas grises se alinean el perro sigue al perro al estuario las trompetas anuncian los patíbulos mientras los hombrecillos deliran sobre cosas que no pueden hacer.
Me entero a través de Crisei que el dibujante Carlos Giménez ha sido propuesto como candidato al Premio Príncipe de Asturias. Bien. Giménez es uno de los grandes de la historieta española, y la historieta española merece dar el paso hacia la "gran cultura", si es que ello existe.
No es que yo sea un experto en cómic, ni mucho menos, pero algunos he leído a lo largo de la vida. De hecho, creo que aprendí a leer con ellos: Pumby, Pulgarcito, TBO, Mortadelo, Zipi y Zape, Capitán Trueno, Jabato y Guerrero del Antifaz, Asterix, Blueberry, Batman. También aprendí con los tebeos a imaginar, a huir de lo de alrededor y a ser rarito: Richard Corben, Moore, Moebius, Manara. En fin, ya saben, el recorrido habitual de quienes estamos entre los cuarenta y demasiados y los cincuenta.
A finales de los años setenta Carlos Giménez entra en mi vida con sus historietas. Unas de aventuras, como Koolau el leproso; otras de fantasía, como Hom; o de asunto político, que es el centro de España una, grande, libre. Pero por encima de todas esas historias, Giménez es para mí la vida misma, la experiencia propia, teñida de humor, de sentimiento, de ilusiones, de brutalidad contenida, de mediocridad y grandeza que se encuentra en la serieParacuellos, historias de los niños recogidos en los orfanatos del Auxilio social en la década de los cincuenta. Giménez fue educado en una de esas instituciones que respondían a una línea ideológica muy definida y que el propio dibujante expresó en una entrevista del año 1998:
El estado que había ganado la guerra, el estado franquista, había montado unas instituciones de corte falangista donde la educación era muy de la época: los pilares eran básicamente mucha religión y mucha instrucción militar. Era aquella vieja frase de hacer niños para que el día de mañana fueran mitad monjes mitad soldados.
Paracuellos es la crónica personal de una España en proceso de olvido, gracias a Dios, de un mundo en el que casi lo único positivo era la esperanza, incluso la certeza, de que un día habría de llegar su final. El propio cómic se convierte en las historias de Giménez en elemento que canaliza esa esperanza. La historieta, la ficción, es el bastón que permite a esos chiquillos sobrellevar su existencia.
Con las viñetas de Giménez he reído, se me han saltado las lágrimas, me he enrabietado, he recordado situaciones y suspirado por haber tenido la suerte de vivir unas condiciones de vida casi siempre diferentes. A veces he envidiado la camaradería y compañerismo que había entre los niños: en otras ocasiones, me he sentido aliviado porque mis curas o mis falangistas o mis adultos eran de otro estilo. He disfrutado, y lo sigo haciendo.
Precisamente ahora que he terminado el primer asalto sintáctico del curso me encuentro con la inestimable aportación de Manu Sánchez en su programa de Canal Sur 2: la Pizarra. Ha sido una verdadera sorpresa esto de ver convertida la sintaxis en vehículo de humor, un tanto grosero, vive dios, pero humor al fin.
Pero no crean que el humorista sevillano se limita a la expansión del conocimiento sintáctico, sino que también se atreve a repasar la literatura española desde sus orígenes hasta los tiempos de Cervantes, a resumir en unos minutos la mitología griega y a mucho más.
He preparado un presentación para apoyar la explicación de la poesía española de los siglos XVI y XVII en 1º de Bachillerato y también un cuestionario de repaso de los contenidos. Por si a alguien interesare, déjolos en aqueste lugar.
Una marejada de verde nacionalista recorre las tierras andaluzas. Es 28 de febrero.
Es el nuestro un nacionalismo de baja intensidad ("Sea por Andalucía libre / España y la Humanidad", reza nuestro himno), pero nacionalismo al fin que inflama los corazones y se traduce en entregas de premios a los andaluces del año, recuerdos nostálgicos de los tiempos del Estatuto, himno, banderitas y banderazas verdiblancas por doquier, orgullo por los andaluces ilustres de la historia (los de siempre: Góngora, Bécquer, Juan Ramón, Antonio Machado, Falla, Lorca y alguno más) y olvido de tantos otros que también fueron andaluces y ya nadie los recuerda, quizás porque no dieron el salto a la primera división de la popularidad. En fin, un día de esos de prietas las filas, quien se mueva no sale en la foto. Provincianismo, más que nacionalismo.
Yo soy andaluz y no me gusta esta celebración. La gente confunde constantemente el culo con las témporas. Ejemplos.
Escucho esta mañana en la radio una entrevista a un estudioso de Rainer Mª Rilke. Sorpresa mayúscula: en primer lugar, porque se hable de un poeta; en segundo, porque no sea uno de los sospechosos habituales (Lorca o Alberti o Machado o León y Quiroga, que son dos aunque funcionan como unidad de destino en lo particular); y en tercero, porque la entrevista aparezca en el Día de Andalucía, restando minutos de emisión a políticos, folklóricos y gente del pueblo manifestando sus orgasmos terruñeros. Sin embargo, rápidamente comprendo el lugar de Rilke en un día como hoy. El alemán anduvo en 1912 de viaje por España y se estableció durante un par de meses en la serrana Ronda. De ahí su valor, según parece, a la luz de la insistencia de la entrevistadora. Ciertamente, parece que Rilke compuso la sexta de sus Elegías de Duino en Ronda, pero no debe olvidarse que ya había escrito algunas otras composiciones con anterioridad. Vamos, que la importancia del poeta no reside exclusivamente en sus vacaciones rondeñas, como parecía pretender la periodista ante el asombro del entrevistado.
Otro argumento de experiencia. El pasado jueves, mientras se repartían banderitas andaluzas en el instituto, había quienes cantaban a voz en grito el himno de nuestra tierra. De tanto gritarlo, la cosa se hizo pesada y se impuso un cambio de sintonía. Y entonces llegó Manzanita con su "Verde que te quiero verde", versión del "Romance sonámbulo" de Lorca.
El poema es espléndido y la canción de Manzanita también. El problema es convertirlo en emblema de andalucismo por el simple hecho de que aparezca el adjetivo ‘verde’. ¿Es que nadie se entera de lo que significan las palabras?
Con la sombra en la cintura ella sueña en su baranda, verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Verde que te quiero verde. Bajo la luna gitana, las cosas le están mirando y ella no puede mirarlas.
¿No es evidente el verde de muerte y podredumbre, de frustración y fracaso? Lorca no está cantando a Andalucía, este verdor no es el de la bandera y la fiesta; es el del moho, la muerte y el olvido. El poeta va mucho más allá, aunque sistemáticamente haya quien se empeñe en reducirlo a lo folklórico, a lo provinciano. Federico era andaluz y trascendió lo andaluz. Por eso es grande. Por eso son grandes Bécquer, Picasso, Gongora, Machado, Velázquez, Falla, Murillo, Juan Ramón, Cernuda, Alberti, Aleixandre y tantos otros de ayer, de hoy y de siempre. No por andaluces, sino por artistas. No porque empleen el color o el adjetivo ‘verde’, sino porque fueron -y son- capaces de entrar en el sentido de lo verde.
El curso pasado, el Centro del Profesorado de Sevilla me invitó a dar una charla sobre la enseñanza de la Literatura en estos tiempos de redes y tecnologías comunicativas. Os dejo ahora la presentación con que apoyé mi intervención, por si a alguien le es de interés. Sí, ya sé que tendría que haberla compartido el año pasado, pero se me olvidó. Así de simple.
Debe ser que ando preocupadillo por el espacio que la literatura va a terminar ocupando en las enseñanzas medias: escasísimo, me temo. Por ese motivo voy a intentar poner algo de mi parte y colocar unas hojillas poéticas por lugares estratégicos del instituto. Espero que alguien las lea; y si no es así, pues mala suerte.
Hace ya algún tiempo que ha dejado de importarme el efecto concreto de lo que hago. No espero que nadie se lance sobre los libros de poesía de la biblioteca ni que me asalten alumnos en tropel mendigando lírica para sus corazones e intelectos. Como dijo Rhett Butler en Lo que el viento se llevó, "francamente, querida, me importa un bledo".
Dejo también aquí esta primera Hoja Poética por si a algún osado u osada le sirve como inspiración para algo semejante o, simplemente, la quiere imprimir y colocarla por las paredes de su centro.
Ya poco más se puede hacer que esperar la aparición del cuerpo, dar vueltas en la cabeza a por qué suceden estas cosas y ofrecer flores por Marta y su familia. Descansa en paz, Marta.
¿A quién se le ocurriría llamar ‘troyano’ a ese software que se aloja en los ordenadores con la intención de extraer información y, en definitiva, vencernos en nuestro propio hogar? Evidentemente se trata de un error. En inglés, el nombre que recibe el incómodo visitante es Trojan Horse, es decir, caballo de Troya; lo que es más lógico y coherente con el episodio mítico. Sin embargo, aquí, en nuestra tierra, nos dio por ahorrar esfuerzos y tomar solamente la primera palabra. Consecuencia: se le ha dado la vuelta a la historia. ¡Por si era poca la desgracia de los pobres troyanos, encima los hacemos culpables de su propia destrucción y, de paso, de la nuestra!
Me llamaréis tiquismiquis, pero estas cosas me dan mucho coraje. No cuesta demasiado trabajo tener algo de cuidado con el uso que damos a las palabras, me parece. Supongo que Cabanillas y la gente de Chirón se subirán por las paredes cada vez que sus antivirus informan de la llegada de troyanos. Alguno, incluso, es posible que pensase la primera vez que Héctor había revivido para mostrarle al usuario el verdadero camino de la heroicidad: enfrentarse con la tecnología y con la maldad de quienes se refugian en ella con aviesas intenciones. Sin embargo, pronto se darían cuenta de que la realidad era mucho más cruel. No eran más que aqueos ignorantes camuflados bajo un disfraz que la inercia lingüística ha consolidado. Timeo Danaos et dona ferentes.