Comprender a Antonio Machado
José María González-Serna
 
 

Apuntes


Sobre el olivar

se vio a la lechuza

volar y volar.

A Santa María

un ramito verde

volando traía.

¡Campo de Baeza,

soñaré contigo

cuando no te vea!


Los olivos grises,

los caminos blancos.

El sol ha sorbido

la color del campo;

y hasta tu recuerdo

me lo va secando

esta alma de polvo

de los días malos.


Canciones de las Tierras Altas


Por la sierra blanca...

La nieve menuda

y el viento de cara.

Por entre los pinos...

con la blanca nieve

se borra el camino.

Recio viento sopla

de Urbión a Moncayo.

¡Páramos de Soria! [...]


Se abrió la puerta que tiene

gonces en mi corazón,

y otra vez la galería

de mi historia apareció.

Otra vez la plazoleta

de las acacias en flor,

y otra vez la fuente clara

cuenta un romance de amor. [...]


Soria, de montes azules

y de yermos de violeta,

¡cuántas veces te he soñado

en esta florida vega

por donde se va,

entre naranjos de oro,

Guadalquivir a la mar!


Las ascuas de un crepúsculo, señora


Las ascuas de un crepúsculo dorado, señora,

rota la parda nube de tormenta,

han pintado en la roca cenicienta

de lueñe cerro un resplandor de aurora.


Una aurora cuajada en roca fría

que es asombro y pavor del caminante

más que fiero león en claro día

o en garganta de monte osa gigante.


Con el incendio de un amor, prendido

al turbio sueño de esperanza y miedo,

yo voy hacia la mar, hacia el olvido


.y no como a la noche ese roquedo,

al girar del planeta ensombrecido-.

No me llaméis, porque tornar no puedo.


Canciones a Guiomar


¡Sólo tu figura,

como una centella blanca,

en mi noche oscura!


¡Y en la tersa arena,

cerca de la mar,

tu carne rosa y morena,

súbitamente, Guiomar!


En el gris del muro,

cárcel y aposento,

y en un paisaje futuro

con sólo tu voz y el viento;


en el nácar frío

de tu zarcillo en mi boca,

Guiomar, y en el calofrío

de una amanecida loca;


asomada al malecón

que bate la mar de un sueño,

y bajo el arco del ceño

de mi vigilia, a traición,

¡siempre tú!

Guiomar, Guiomar,

mírame en ti castigado:

reo de haberte creado,

ya no te puedo olvidar.


El crimen fue en Granada


1. El crimen


   Se le vio, caminando entre fusiles,

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas de la madrugada.

Mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos

no osó mirarle la cara.

Todos cerraron los ojos;

rezaron: ¡ni Dios te salva!

Muerto cayó Federico

—sangre en la frente y plomo en las entrañas—

... Que fue en Granada el crimen

sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.


2. El poeta y la muerte


   Se le vio caminar solo con Ella,

sin miedo a su guadaña.

—Ya el sol en torre y torre, los martillos

en yunque— yunque y yunque de las fraguas.

Hablaba Federico,

requebrando a la muerte. Ella escuchaba.

"Porque ayer en mi verso, compañera,

sonaba el golpe de tus secas palmas,

y diste el hielo a mi cantar, y el filo

a mi tragedia de tu hoz de plata,

te cantaré la carne que no tienes,

los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía,

los rojos labios donde te besaban...

Hoy como ayer, gitana, muerte mía,

qué bien contigo a solas,

por estos aires de Granada, ¡mi Granada!"


3.


   Se le vio caminar...

                        Labrad, amigos,

de piedra y sueño en el Alhambra,

un túmulo al poeta,

sobre una fuente donde llore el agua,

y eternamente diga:

el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!


La muerte del niño herido


Otra vez es la noche... Es el martillo

de la fiebre en las sienes bien vendadas

del niño. -Madre, ¡el pájaro amarillo!

¡Las mariposas negras y moradas!


-Duerme, hijo mío. Y la manita oprime

la madre junto al lecho. -¡Oh flor de fuego!

¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?

Hay en la pobre alcoba olor de espliego:


fuera la oronda luna que blanquea

cúpula y torre a la ciudad sombría.

Invisible avïón moscardonea.


-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?

El cristal del balcón repiquetea.

-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!


Soneto a Guiomar


De mar a mar entre los dos la guerra,

más honda que la mar. En mi parterre,

miro a la mar que el horizonte cierra.

Tú, asomada, Guiomar, a un finisterre,


miras hacia otro mar, la mar de España

que Camoens cantara, tenebrosa.

Acaso a ti mi ausencia te acompaña.

A mí me duele tu recuerdo, diosa.


La guerra dio al amor el tajo fuerte.

Y es la total angustia de la muerte,

con la sombra infecunda de la llama


y la soñada miel de amor tardío,

y la flor imposible de la rama

que ha sentido del hacha el corte frío.

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