Edgar Brizuela Zuleta
Hormiga
No podía ser, me decía. Era una idea absurda, que me podría haber parecido hilarante, si no hubiera sido cierta. Por era verdad. Aquella pequeña hormiga, la misma que había desecho entre mis dedos minutos atrás, estaba nuevamente junto a mí y me miraba desde su pequeñez. Parecía que me tentaba a que lo destruyera de nuevo, para volver a aparecerse con la misma insolencia de quien tiene un plan y lo ejecuta a ultranza.
Se que lo podría haber tomado entre mis dedos y haberlo apretado y estrujado hasta que se deshiciera, hasta que sus minúsculas partes se volatilizaran y no quedara de él más que una pequeña huella, una marca apenas imperceptible y un sabor salobre si hubiera llevado mis dedos a la boca.
Pero, qué sentido tenía en estas condiciones, destruir lo que parece indestructible, aquello que por ser tan sutil, parece no existir; pero sin embargo, existe, vive, come, anda y como hace ahora, tiene la facultad de molestarme.
Quizás dada su misma pequeñez ejecutaba sus actos guiado por una conciencia superior, que talvés fuera yo. Quizás era yo mismo quien lo guiaba hasta mí, quien de alguna manera lo atraía como símbolo absurdo de mi incompetencia para arreglar ciertos asuntos.