Recolección de romances y canciones de tradición oral

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Formas de pervivencia oral:

el caso de Prado del Rey

José Mª González-Serna

 

En un mundo como el que vivimos parece que ya no queda un hueco para entretenimientos ancestrales como las canciones populares, los juegos colectivos, las narraciones que se trasmiten de padres (de madres) a hijos....

Esta podría ser una afirmación de partida que, sin duda, tendría algo de cierto, aunque no lo es en su totalidad. Es cierto que estamos asistiendo a los últimos tiempos de unas formas de diversión basadas en la reunión familiar en que los mayores entretienen a los más pequeños con sus historias, sus canciones y sus poemas; pero aún no han dicho su última palabra estos mecanismos de lo lúdico, aunque esa palabra, cuando llegue, sonará en un tono excesivamente bajo: probablemente no será oída y la literatura oral dejará nuestro mundo y quedará encerrada en los libros, perdiendo buena parte de su funcionalidad social.

A esta conclusión pudimos llegar cuando hace ya unos años realizamos un pequeñísimo trabajo de investigación sobre la pervivencia de las formas folklóricas en Prado del Rey, municipio de la serranía gaditana. En aquel entonces nos propusimos averiguar si todavía era posible encontrar restos de literatura oral en esta localidad. Acotamos nuestra investigación a esta pequeña localidad y buscamos solamente romances y canciones líricas, utilizando como herramienta de búsqueda la encuesta directa. Los resultados que obtuvimos fueron escasos, aunque esperanzadores[1], ya que comprobamos como la cadena de transmisión oral no se detenía en las personas de más edad, como hubiera sido lógico, sino que también los niños continuaban utilizando en sus juegos algunos textos que, en algunos casos, podrían remontarse a los siglos XVI y XVII.

De ese material recogido podemos extraer algunas conclusiones sobre cómo pervive la literatura oral en Prado del Rey y, por extensión, en nuestro mundo rural andaluz de la actualidad. En principio, y siempre teniendo en cuenta la reducción geográfica de nuestra encuesta, podemos señalar cuatro formas de pervivencia. La primera de ellas es la más obvia, como es la existencia en la cadena oral de algún romance. Nuestra investigación chocó con varios textos romancísticos, entre ellos, el famoso romance de Gerineldo, documentado ya en el siglo XVI:

-Gerineldo, Gerineldo, Gerineldito querido,

Quién estuviera esta noche tres horas a tu albedrío.

-Porque soy tu criado te quieres burlar conmigo.

-No es mentira, Gerineldo, que es verdad lo que te digo.

A la una se acuesta el rey, y a las dos está dormido,

Y a eso de las tres y media, su padre los ha sorprendido.

-¿Quién será el traidor que con mi hija ha dormido?.

-Soy el conde Gerineldo, que quiere ser su marido.

Y la espada de su padre entre los dos dormidos.[2]

Se trata de una versión bastante reducida pero que conserva lo esencial de la historia: la seducción de Gerineldo por la princesa y el descubrimiento de los enamorados por parte del rey, así como la manifestación de su desaprobación de la relación amorosa mediante el símbolo de la espada clavada entre los dos amantes. Esta esencialidad que manifiesta la versión es, precisamente, una de las características básicas del romancero andaluz actual frente a los de otras zonas peninsulares; los informantes andaluces han eliminado de su memoria todo lo que en la historia hay de accidental.

La informante nos contó que había aprendido la “canción” de su madre, y que el momento en que la cantaban era mientras hacían las tareas del hogar. En la actualidad, al haberse aligerado de alguna manera las tareas domésticas (no todas, evidentemente) se ha perdido también la necesidad de cantar para entretener el tiempo de espera. Al desaparecer las tareas tradicionales, desaparece también el folklore tradicional con el que se acompañaba esas tareas. Esta es, sin duda, una de las razones de la paulatina desaparición de la literatura oral.

Otro romance que encontramos abundantemente entre nuestros informantes fue el de Don Bueso y la hermana cautiva:

Estando en la tierra extraña,   pasé por la morería,

Me he encontrado una moza   lavando en la fuente fría.

Yo le dije: -¡Mora bella!   Yo le dije:-¡Mora linda!

Deja beber mi caballo   agua fresca cristalina.

-Yo no soy mora bella,   yo no soy mora linda,

que me cautivaron los moros,   día de Pascua Florida.

-¿Te quieres venir a España?   Te llevo en mi caballería.

-¿Y mi ropa, caballero,   al río la tiraría?

-La más buena, la más buena,   aquí en mi caballería.

-¿Y mi honra, caballero,   al río la tiraría?

-Yo te juro por mi pecho,   yo te juro por mi espada,

que no toco tu cuerpo   mientras no llegue a Granada.

Al llegar a unos montes   la mora suspira.

-¿Qué suspiras mora bella?   ¿Qué suspiras, mora linda?

-Que aquí a estos montes   mi padre a cazar venía

con mi hermano Girineldo   y toda su compañía.

Y las campanas de aquel pueblo   se gajaban aquel día

Al ver que había aparecido   la reina de Andalucía.[3]

El de Don Bueso es un romance muy extendido que procede, según dijo en su día Ramón Menéndez Pidal[4], de una balada juglaresca alemana perdida, que a su vez derivaba de un poema austriaco del siglo III, el poema de Kudrun. Este texto primitivo originó diversas baladas a lo largo y ancho de Europa, siendo Don Bueso la variante hispánica. Las versiones que recogimos en Prado del Rey son característicamente andaluzas por dos razones principales: en primer lugar por su esencialidad, ya que desaparecen del texto original buena parte de las acciones, ciñéndose al encuentro final entre el caballero y la hermana cautiva; en segundo lugar por la forma métrica octosilábica, que contrasta con el hexasílabo que suele ser general en las versiones norteñas y sefardíes.

Y en último lugar quisiéramos también aportar una de las versiones del romance de Tamar que localizamos en nuestras encuestas:

El rey moro tenía un hijo   que Tarquino se llamaba.

Se enamoró de Altamira,   siendo su querida hermana.

Viendo que no podía ser,   cayó malito en la cama,

con unas calenturillas   que el cerebro le traspasan.

Un domingo de mañana   subió el padre a visitarlo.

-¿Qué tienes, hijo Tarquino,   qué tienes hijo del alma?.-

-Padre, unas calenturillas   que el cerebro me traspasan.-

-¿Quieres que te mate un ave   de esas que andan por casa?.-

-Padre, si me lo mandaras,   me lo mandas con mi hermana;

que venga sola, solita,   solita y sin compaña:

si con compaña viniere,   mis fiebres serán dobladas-.

Como era en veranillo,   ha subido enaguas blancas,

con una taza de caldo   que a los muertos levantaba.

Su hermano al verla subir,   como un león se le avanza.

Hizo de ella lo que quiso,   lo que quiso y le dio gana:

con un pañuelito blanco,   la boquita le tapaba;

con un pañuelito de seda,   los ojitos le vendaba.

Estando un día comiendo,   su padre que la miraba.

-¿Qué me miras, padre mío?-.   -Hija, no te miro nada,

que con esa ropa que llevas   pareces mujer casada-.

-Padre, yo no estoy casada,   pero estoy preñada-.

-¿Quién ha sido ese canalla   que de mi hija abusaba?-.

-Ha sido tu hijo Tarquino   que de tu hija abusaba-.

El padre se puso en pie   y con la espada a su hijo atravesaba.[5]

Se trata de un romance de inspiración bíblica con una enorme difusión todavía en el mundo actual, probablemente debido al tema sobre el que gira –el incesto-, considerado por la sociedad tradicional como uno de los mayores atentados contra la moralidad y, por tanto, objeto constante de enseñanza y ejemplificación de los males que acarrea. Esta funcionalidad del romancero explica su pervivencia actual y la enorme difusión de la mayoría de los textos que se ocupan del motivo.

La peculiaridad de la versión encontrada en Prado del Rey la encontramos en los versos finales. La mayoría de las versiones del romance de Tamar que existen en la tradición oral peninsular terminan con el descubrimiento de la preñez de la protagonista femenina. En nuestra versión, sin embargo, aparece el castigo al violador por parte del padre de los hermanos, lo que es propio de las versiones sefardíes del romance, más fieles en este sentido a la historia bíblica de los hijos de David tal y como aparece relatada en el Libro de Samuel.

En resumen, de esta forma de pervivencia oral –la del romance como tal composición en la que prima la narración de una historia- encontramos entre nuestros resultados tres niveles diferentes: el representado por el texto de Gerineldo, muy conciso y reducido, una versión muy completa en el caso de Don Bueso, y una versión bastante original y atípica para lo que es el romancero gaditano y andaluz, en el caso de Tamar[6].

 

Pero como es lógico, en nuestra encuesta no aparecieron exclusivamente romances, sino que fueron muy abundantes (bastante más, habría que decir) los textos líricos, normalmente vinculados a los juegos infantiles. A diferencia de los romances, las canciones líricas aparecieron muy abundantemente entre informantes más jóvenes, e incluso entre niños que aun hoy en día siguen utilizándolas para acompañar sus divertimentos tradicionales (la comba, la rueda, persecuciones, etc...). Canciones de este tipo tenemos recogidas bastantes, como ya he dicho más arriba, pero a modo de ejemplo transcribo una que se canta jugando a la rueda:

Jardinera

Ha levantado una planta

En el jardín del amor.

-De las plantas que regaste,

dime cuál es la mejor.

-La mejor es una rosa

que se viste de color,

del color que se le antoja,

qué verde tiene las hojas.

Tres hojitas tiene verdes

Y las demás encarnadas

Y a ti te vengo a coger,

Amiguita de mi alma.

-Muchas gracias, amiguita,

por haberme tú escogido,

entre tantas como habemos

y a mí sola me has querido.

Primero te doy la mano

Y luego te doy la otra

Y luego te doy un beso

Con los labios de mi boca.[7]

De esta canción hemos recogido numerosas versiones, tanto en informantes mayores como menores, lo que demuestra su vitalidad y pervivencia. Se trata de un tema que se adapta perfectamente al ritmo del juego del corro; primero por la lentitud con que se canta, y segundo porque la misma letra va describiendo paso a paso el juego: elegir a uno de los participantes y sacarlo al centro con un beso.

 

La tercera forma de pervivencia que pudimos identificar consiste en la utilización de un fragmento de romance pero no ya con la intención de contar una historia, como era el caso de los Gerineldo, Don Bueso o Tamar, sino para emplearlo como parte de un juego infantil. Esta forma de pervivencia lleva a dos consecuencias inmediatas: en primer lugar la alteración del contenido del romance, ya que ese asunto no tiene ya importancia ninguna para su usuario que, en algunas ocasiones llegará incluso al absurdo. Este es el caso de la versión del romance de Santa Catalina con la que nos tropezamos: 

Santa Teresita, hija del Demonio,

Que mató a su padre con cuchillo de oro.

Ni era de oro, ni era de plata:

Era un cuchillo de pelar patatas.

Rin, rin, llaman a la puerta; rin, rin, yo no quiero abrir;

Rin, rin, es la policía; rin, rin, que viene a por mí[8].

Como se puede apreciar el asunto de la historia carece de toda lógica, pero hemos de ser conscientes de que cuando estas dos niñas cantan la canción mientras juegan no les importa lo que dicen; ellas pronuncian unas palabras que riman y encajan en una determinada música. Con eso les basta.

La procedencia de esta canción infantil, como ya dije antes, hay que buscarla en el romance de Santa Catalina, cuyo incipit es el siguiente:

Santa Catalina, hija de un rey moro,

La mató su padre, con un cuchillo de oro

.........

El texto continúa después con la historia del martirio de Santa Catalina de Alejandría, pero a nosotros nos interesa, concretamente, ese principio. Los cambios que se han producido entre el romance y la versión infantil que localizamos nos parecen evidentes. En primer lugar, la alteración del nombre de la santa con que se comienza la canción. En segundo lugar la transformación de “hija de un rey moro” a “hija del Demonio”, transformación en la que nos parece clara la existencia de un paso intermedio que bien pudo ser “hija de un demonio”, ya que el pueblo español ha denominado tradicionalmente a los moros como demonios, culpándoles de todos los males posibles; y desde ese paso intermedio, teniendo siempre en cuenta que el significado de las palabras en la versión infantil no tiene la menor importancia, la simple transformación del determinante indefinido por el determinante artículo, que actualiza el sustantivo al que acompaña identificándolo como el señor de todos los demonios, es decir, Satanás. Sin embargo, las niñas que entonan esta canción mientras juegan evidentemente no tienen la más mínima conciencia de que están diciendo que Santa Teresa es hija de Satanás.

Nos queda todavía una tercera transformación en estos dos versos iniciales. En la versión del romance Santa Catalina es matada por su padre con un cuchillo de oro, pero en nuestra versión no hubiera sido coherente que Satanás matara a su hija a las primeras de cambio, de manera que se ha producida un sencillo cambio: sustituir el pronombre personal en función de complemento directo por el pronombre relativo, y como consecuencia tenemos que, por arte de magia, Santa Teresa (o Santa Catalina, como queramos) de ser víctima de su padre y, por tanto, mártir, se convierta en asesina de Lucifer y, por ello, en heroína.

 

En la versión del romance de Santa Catalina que comentamos encontramos una cuarta forma de pervivencia oral. Fijémonos en los dos últimos versos:

Rin, rin, llaman a la puerta; rin, rin, yo no quiero abrir;

Rin, rin, es la policía; rin, rin, que viene a por mí.

Estos versos también provienen de un romance que se remonta, como poco, a los siglos XVI y XVII: el Bernal Francés. Se trata de uno de los romances más populares de la tradición oral moderna española debido probablemente a la acumulación de motivos folklóricos (mujer adúltera, pruebas del marido, castigo subsiguiente). Pero en la versión que hemos recogido no aparece nada de la historia relatada en dicho romance, tan sólo los dos primeros versos. A las niñas que cantan esta canción no les interesa contar ni cantar ningún argumento, solamente un ritmo que se adecue correctamente a sus juegos y en este caso concreto el ritmo del juego viene remarcado por la repetición al comienzo de cada hemistiquio de las onomatopeyas. En esta canción los dos últimos versos funcionan como una coletilla desprovista de cualquier significado.

En relación a estos versos del Bernal Francés podríamos pensar que las informantes hayan escuchado la versión completa y que sólo hayan retenido en sus memorias los dos primeros versos del poema. Sin duda que eso sería una posibilidad, pero me inclino a pensar que estos versos en los ambientes infantiles de Prado del Rey funcionan como una unidad totalmente separada del conjunto del romance original que los niños emplean en sus juegos con absoluta libertad, adhiriéndolos como coletillas o estribillos en diferentes canciones. Una prueba de esta afirmación la encontramos en otro texto también recogido en nuestra encuesta que incluye de nuevo los dos versitos del Bernal Francés:

Cu-cú

Cuquí, cuquí,

Cantaba la rana.

Cuquí, cuquí,

Debajo del agua.

La mano derecha

Y después la izquierda,

Y después de lado

Y después del costado,

Y después la vuelta

Con la reverencia.

Tin, tin, que en la puerta llaman; tin, tin, que no quiero abrir;

Tin, tin, es la policía; tin, tin, que vendrá por mí[9].

Estos versitos del Bernal hasta ahora han vencido a los siglos, aunque en la dura batalla contra el tiempo han perdido el resto del romance... Pero no importa, porque han adquirido una nueva función, como es la de servir de muletilla rítmica en las canciones infantiles. El sentido originario se pierde, las historias se acaban olvidando, pero algunos fragmentos, algunos versos, vencen en la batalla de los tiempos, se perpetúan en la memoria de los pueblos y se adaptan a las nuevas circunstancias. Otros poemas, otras historias, perecieron, se convirtieron, convengamos con Góngora, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

 


[1] Como consecuencia de esa investigación vio la luz en 1994 una publicación, ¡Viva el amor! ¡Viva el laurel!, en la que recogimos los textos más significativos encontrados.

[2] Versión cantada por Carmen Barrera –72 años-  en abril de 1994.

[3] Versión cantada por Brígida del Corral –83 años- en 1997.

[4] Ramón Menéndez Pidal, “Supervivencia del poema de Kudrun”, en Los godos y la epopeya española, Madrid, Austral, 1956, pp. 89-173.

[5] Versión cantada por Carmen Barrera en febrero de 1994.

[6] Este hecho podemos comprobarlo fácilmente comparando nuestra versión con las que nos ofrecen dos recientes y completas obras, El romancero de la tradición moderna, de Pedro Piñero y Virtudes Atero, y el Romancero General de la Provincia de Cádiz, que ha dirigido Virtudes Atero.

[7] Versión cantada por Carmen Velásquez –61 años- en febrero de 1994.

[8] Versión cantada por Cristina Quevedo y Carmina López –13 años- en marzo de 1994.

[9] Versión cantada por Teresa Ruiz Lozano –67 años- y recogida en marzo de 1994.

Diseño y contenido: José Mª González-Serna Sánchez (2002)