Recolección de romances y canciones de tradición oral

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Tamar

 

El rey moro tenía un hijo que Tarquino se llamaba.
Se enamoró de Altamira, siendo su querida hermana.
Viendo que no podía ser, cayó malito en la cama,
con unas calenturillas que el cerebro le traspasan.
Un domingo de mañana subió el padre a visitarlo.
-¿Qué tienes, hijo Tarquino, qué tienes, hijo del alma?
-Padre, unas calenturillas que el cerebro me traspasan-.
-¿Quieres que te mate un ave de esas que andan por casa?
-Padre, si me lo mandaras, me lo mandas con mi hermana;
que venga sola, solita, solita y sin compaña;
si con compaña viniere, mis fiebres serán dobladas-.
Como era en veranillo, ha subido enaguas blancas,
con una taza de caldo que a los muertos levantaba.
Su hermano, al verla subir, como un león se le avanza.
Hizo de ella lo que quiso, lo que quiso y le dio gana:
con un pañuelito blanco, la boquita le tapaba;
con un pañuelito de seda, los ojitos le vendaba.
Estando un día comiendo, su padre que la miraba.
-¿Qué me miras, padre mío? -Hija, no te miro nada,
que con esa ropa que llevas pareces mujer casada-.
-Padre, yo no estoy casada, pero estoy preñada-.
-¿Quién ha sido ese canalla que de mi hija abusaba?-.
-Ha sido tu hijo Tarquino que de tu hija abusaba-.
El padre se puso en pie y con la espada a su hijo atravesaba.

(Versión de Carmen Barrera. Recogida en Mayo de 1994 en Prado del Rey, Cádiz)

Diseño y contenido: José Mª González-Serna Sánchez (2002)