No existe, por el momento, una biografía rigurosa y bien documentada del escritor, aunque en los últimos años se están consiguiendo importantes avances en este terreno. Las primeras biografías que se le dedicaron abundaban en anécdotas más o menos legendarias, a partir de las cuales surgía el perfil de un Valle-Inclán genial, extravagante y provocador, pero también arbitrario en sus ideas estéticas y en sus convicciones ideológicas. Lo cierto es que el propio escritor contribuyó, en gran medida, a esta visión poco objetiva y mistificada, puesto que siempre eludió las confidencias sobre sí mismo y cuando se refirió a su vida lo hizo en clave fabulosa. Al mismo tiempo quiso, como otros artistas de su época, presentar una apariencia singular e inconfundible, para lo cual se vistió de forma atípica y se dejó crecer barbas y melena. Los quevedos y su manquedad, así como su extrema delgadez y su declarada afición al ocultismo, la mística y el haschis, completaron la imagen de un dandy pobre pero aristocrático con tintes de fakir. El broche en la construcción del personaje consistió en la sustitución del nombre civil, Ramón Valle Peña, por otro apellido familiar más sonoro y distinguido, el de Valle-Inclán. Todo ello, sumado a un talante radicalmente inconformista y a una insobornable vocación literaria, posibilitó que el personaje y su leyenda se impusieran a la realidad histórica. En todo caso, esta imagen era mucho más que una pose: a través de ella, Valle-Inclán manifestaba su voluntad de distanciarse en todos los sentidos de la clase dominante, la burguesía.

    Tras finalizar el Bachillerato, Ramón Valle Peña se había  matriculado, a instancias paternas, en la Universidad de Santiago de Compostela para cursar Derecho. A la muerte de su padre, se había visto liberado de unos estudios que no le interesaban en absoluto y, después de una breve estancia en Madrid, se embarcó con rumbo a México. En esa primera estancia mexicana, que se prolongará desde marzo de 1892 hasta principios de 1893, se afirmará la vocación literaria del joven escritor. Allí se dedicará a malvivir de la prensa, a través de colaboraciones periodísticas de desigual valor que, no obstante, le permitirán ejercitar su estilo. Allí se nutrirá de las nuevas corrientes estéticas, asentadas en Latinoamérica a partir la publicación de Azul (1888), de Rubén Darío. Y allí, como prueba palpable de una personalidad literaria que empezaba a definirse, firmará por primera vez sus escritos con el nombre de Ramón del Valle-Inclán.

    A su vuelta de México, Valle-Inclán se instala en Pontevedra, donde escribe algunos cuentos que se publican en revistas literarias. En 1895 sale a la luz su primer libro, Femeninas, que pasa prácticamente desapercibido para la crítica y del que apenas se venden unos pocos ejemplares. El libro presenta seis historias protagonizadas por mujeres y en él son visibles las huellas del Modernismo literario: el erotismo complaciente que recorre todas las narraciones; unas protagonistas sensuales y seductoras cuyos amantes son nobles, artistas o bohemios; la elaborada descripción de interiores señoriales o de espacios exóticos; el empleo del simbolismo religioso o pagano asociado a la sensualidad; el uso de referentes artísticos, particularmente pictóricos, para ambientar la narración; la inclusión de elementos mágicos o misteriosos; y, finalmente, el recurso a una lengua literaria que pretende, ante todo, provocar sensaciones y distinguirse por su novedad.

    Un año más tarde, el escritor se traslada a Madrid, donde frecuenta la compañía de jóvenes artistas como Azorín, Benavente o los hermanos Baroja. En la capital, tendrá la oportunidad de acudir a las tertulias de café -una afición que habría de perdurar a lo largo de toda su vida- y conocerá las penurias de una bohemia autoimpuesta. En efecto, a partir de estas fechas Valle-Inclán tomará una decisión que habrá de condicionar su futura trayectoria: dedicarse de forma exclusiva a la literatura. En aquellos momentos, la mayoría de escritores colaboraban en la prensa periódica como modo de subsistir dignamente, pero ello implicaba una serie de servidumbres a las que Valle-Inclán no quería someterse. Los trabajos periodísticos ponían en juego dos valores que para el escritor eran incuestionables: su independencia espiritual y su voluntad de estilo. Una vez anulada su disposición a trabajar para los diarios, sólo publicará en la prensa algunas críticas literarias y pictóricas, o bien fragmentos de sus propias creaciones. En este contexto aparece su segundo libro, Epitalamio (1897), afín en la temática y en el estilo a Femeninas y cuya edición será costeada por el propio autor.

    Entre 1898 y 1899 empezará a ponerse de manifiesto la atracción del escritor por el teatro, que se hace patente, en un principio, con su participación como actor en un par de estrenos teatrales. Asimismo, prosiguen sus contactos con el mundillo artístico de la capital y es en estos momentos cuando tiene lugar el incidente con el escritor Manuel Bueno, una pelea trivial que tendrá consecuencias dramáticas para Valle-Inclán, puesto que se saldará con la amputación de su brazo izquierdo. El escritor afrontará este hecho con su característico aristocratismo, y, lejos de evidenciar su desgracia, lo convertirá en motivo literario a través del héroe de las Sonatas, el Marqués de Bradomín, cuya manquedad responderá, en la serie narrativa, a gloriosas hazañas. Con el fin de procurarle un brazo ortopédico -que, dicho sea de paso, Valle-Inclán no usaría nunca-, sus amigos (Benavente, Martínez Sierra, Rosario Pino, entre otros) deciden representar la primera obra dramática del escritor, Cenizas. El estreno, a pesar de que este drama no contenía los elementos innovadores de sus obras teatrales posteriores, constituirá su primer fracaso de público.

    Entre 1902 y 1905, Valle-Inclán publica varias colecciones de relatos -Jardín umbrío (1903), Corte de amor (1903) y Jardín novelesco (1905)-, pero, sobre todo, hay que destacar cinco novelas que irán viendo la luz de forma sucesiva: por un lado, la serie narrativa constituida por Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905), y por otro, la novela Flor de santidad (1904). Con estas creaciones, el escritor empezará a gozar de la celebridad e inaugurará su entrada en la narrativa moderna.

    Las Sonatas se presentan como las Memorias amables de su protagonista y narrador, el Marqués de Bradomín, un aristócrata afecto a la Causa carlista que, desde la vejez, evoca con nostalgia los lances amorosos de su vida. Bradomín es, en rigor, un nuevo Don Juan, cuya originalidad se desprende de rasgos aparentemente contradictorios: por un lado, «feo, católico y sentimental» y, por otro, «cínico, descreído y galante como un cardenal del Renacimiento». De esta forma, el personaje se opone a las características tradicionales del Don Juan español, a la vez que incorpora trazos del Casanova italiano.

    En abierto contraste con el ambiente aristocrático y palaciego de las Sonatas, la acción de Flor de santidad transcurre en una Galicia rural y arcaica, poblada de mendigos, pastores y leyendas milagreras. El propio subtítulo, historia milenaria, nos advierte de la intención de Valle-Inclán al componer esta novela: lo que se pretende es narrar una historia fijada en un tiempo inmemorial, a medio camino -dirá el autor- entre los libros de la Biblia, las epopeyas homéricas y las leyendas populares gaélicas. Con esta historia milenaria, Valle-Inclán configura una imagen mítica de su Galicia natal, que habrá de reiterar en algunas de sus creaciones inmediatamente posteriores, como el libro de poemas Aromas de leyenda (1907) o el ciclo dramático de las Comedias bárbaras.

    En 1905, Valle-Inclán va a encabezar la protesta contra el homenaje a Echegaray, un célebre dramaturgo de la época al que acababa de concedérsele el Premio Nobel. Este autor, con sus dramas efectistas y de un neo-romanticismo trasnochado al servicio de una moral conservadora, tipifica, para los intelectuales más destacados del momento, la degradación del panorama teatral español de finales del siglo XIX y principios del XX. Mientras en España se perpetuaba esta situación, abonada por unos empresarios teatrales que no estaban dispuestos a arriesgar sus ganancias, en Europa el teatro había experimentado, como las demás artes, una renovación que alcanzaba a todos los niveles del hecho teatral. En este contexto, las Comedias bárbaras van a ser la primera muestra, en el teatro español del siglo XX, de una dramaturgia radicalmente innovadora, afín en sus propuestas a las más novedosas creaciones europeas coetáneas.

    Las Comedias bárbaras forman una trilogía cuya organización argumental no se corresponde con el orden en que se compusieron las obras. Así, la que encabeza la serie, Cara de plata, se escribió en 1922, en tanto que las dos siguientes, Águila de blasón y Romance de lobos, fueron publicadas en 1907 y 1908 respectivamente. Sin embargo, Cara de plata se integra a la perfección en el universo dramático que se recreaba en las dos primeras Comedias. Águila de blasón fue estrenada en Barcelona en 1907, con la asistencia del dramaturgo a la representación. Como era de esperar, el público no supo apreciar esta obra extremadamente innovadora y el estreno fue un fracaso.

    En agosto de 1907, Valle-Inclán se casa con Josefina Blanco, una actriz a la que conocía desde unos años antes y que, según se desprende de las críticas de la época, era una excelente intérprete. Un año después, y tal vez impulsado por el fracaso del estreno de Águila de blasón, publica una obra mucho menos innovadora, El yermo de las almas, una nueva versión de aquel drama primerizo titulado Cenizas. Aunque tal vez el escritor escribió esta obra con la idea de aproximarse a los gustos imperantes, el estreno no tendrá lugar hasta 1915 y tampoco merecerá el aplauso del público.

    En cualquier caso, por estas mismas fechas inicia Valle-Inclán la publicación de una nueva serie de novelas, cuya temática será la guerra carlista. Hay indicios para suponer que el plan original era muy ambicioso y contemplaba la creación de un ciclo más extenso, pero finalmente se concretará en una trilogía: Los cruzados de la Causa, de 1908, y El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño, ambas de 1909. En este mismo año se publicarán dos colecciones de relatos, Cofre de sándalo e Historias perversas.

    Aunque la temática carlista ya había aparecido en obras anteriores, es en esta trilogía donde se convierte en tema central. De hecho, entre 1909 y 1911 va a producirse la aproximación del escritor al carlismo, una opción política cuyo programa se sintetizaba en la divisa «Dios, Patria, Fueros y Rey». El carlismo era, por tanto, la doctrina tradicionalista por antonomasia, y aunque tenía escasa relevancia en el panorama político de la época, en la primera década del siglo hubo de experimentar un cierto auge. Valle-Inclán, hasta entonces tradicionalista a secas, se declarará carlista militante, si bien su talante inconformista y sus desviaciones de la ortodoxia le distanciarán a menudo de sus correligionarios. Lo cierto es que el carlismo suponía la oposición a los nuevos valores de la sociedad industrial, a la clase burguesa, al sistema parlamentario y al centralismo político, y, en este sentido, sus planteamientos coincidían con los del escritor. De todas formas, Valle-Inclán procederá, a partir de una visión idílica de la sociedad agraria tradicional, a una reelaboración muy personal de la doctrina carlista.

    Si la militancia carlista es, en Valle-Inclán, inseparable de esta imagen utópica del mundo arcaico, tampoco puede obviarse su permanente atracción por los movimientos de dimensión popular y colectiva. El inicio de la Primera Guerra Mundial supondrá la escisión de los carlistas en dos bandos irreconciliables, aliadófilos y germanófilos. Si la mayoría de los carlistas, y con ellos los intelectuales más conservadores, se declararán germanófilos, Valle-Inclán -movido sobre todo por su afinidad con Francia, una nación cristiana que, en su opinión, mostraba en la guerra «una conciencia más fuerte que la conciencia individual»- se proclamará partidario de los aliados.

    Como ya se apuntó anteriormente, la pasión por el teatro fue constante en Valle-Inclán, pero su dramaturgia era tan innovadora, que sus obras se veían condenadas al fracaso. Sin embargo, entre 1910 y 1913, antes de perder definitivamente la esperanza de conectar con el público, el escritor intentará llevar a la escena su nueva producción teatral. Ya vimos que, por el momento, se habían estrenado con escaso éxito tres obras suyas, Cenizas, El Marqués de Bradomín y Águila de blasón. Ahora se estrenarán cuatro obras más: Farsa infantil de la cabeza del dragón (1910) -publicada en 1914 e incorporada en 1926 a la trilogía Tablado de marionetas para educación de príncipes-, La Marquesa Rosalinda, Cuento de abril (1910) -representada el mismo año de publicación en Madrid y en Buenos Aires- y Voces de gesta. Una quinta obra cuyo estreno ilusionaba especialmente al autor, El embrujado, tendrá que esperar hasta 1931 para subir al escenario.

    En 1910 Josefina Blanco inicia una gira por Latinoamérica a la que se sumará Valle-Inclán en calidad de director artístico. En Buenos Aires el escritor pronunciará un ciclo de conferencias, tarea que reiterará a lo largo de su vida en muy diversos foros y que le servirá para aumentar sus exiguos ingresos. En este mismo viaje otra compañía teatral, la de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, contratará a Josefina Blanco para una larga gira por varios países. Ya en España, esta compañía pondrá en escena dos obras de Valle-Inclán: Voces de gesta, estrenada en Barcelona en 1911, y La Marquesa Rosalinda, que subirá al escenario en Madrid un año después.

    A mediados de 1912, Valle-Inclán decide trasladarse con su familia a Galicia, dispuesto a vivir como agricultor. Sin embargo, tiene todavía puestas sus esperanzas en el teatro, y por estas fechas escribe a una célebre actriz, Matilde Moreno, para ofrecerle una nueva obra. Se trata de El Embrujado, una tragedia que cabe situar en la órbita de las Comedias bárbaras, aunque con el pesimismo añadido que supone la destrucción de aquel mundo idílico. En ella se percibe un esfuerzo de adaptación a la escena, por cuanto se han reducido los espacios dramáticos. En todo caso, la actriz no se mostrará entusiasmada con el proyecto, y ello dará lugar a violentos enfrentamientos con el escritor, quien zanjará el conflicto con una lectura pública de su obra en el Ateneo de Madrid. En 1913, Valle-Inclán inicia la publicación de sus Opera omnia con El embrujado, que pasará a incorporarse en 1927 al Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte.

    No olvidemos, finalmente, que en 1915 Margarita Xirgu estrena El yermo de las almas (1908), una obra que la actriz suponía más adecuada a los gustos imperantes. Significativamente, el dramaturgo no asistirá al estreno en Barcelona, ni permitirá que la actriz la represente más tarde en Madrid. Con este episodio, culminaba el constante desacuerdo entre Valle-Inclán y la escena comercial y se iniciaba un largo exilio escénico del teatro valleinclaniano.

    En febrero de 1916 Valle-Inclán publica La lámpara maravillosa, obra a la que Valle-Inclán concedió siempre una gran importancia, pues le reservó el volumen primero de su Opera Omnia, aun cuando esta colección de sus obras completas había iniciado su publicación unos años antes. Se trata principalmente de un ensayo estético, escrito en forma autobiográfica, en el que se reflexiona sobre el hecho artístico en general y sobre la literatura en particular. Es, pues, una obra central en el corpus valleinclaniano por cuanto en ella se desarrolla la estética y la ética del autor gallego. La estética no sólo de sus obras anteriores, sino también y, en buena medida, de su producción literaria posterior.

    Valle-Inclán es ya en estos momentos un escritor de reconocido prestigio, una autoridad en pintura y en estética, en definitiva una figura pública de la cultura española. Así, en julio de 1916, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, crea en la Real Academia de San Fernando una cátedra de Estética, de la que nombra titular al escritor gallego. El nombramiento supone un reconocimiento público para Valle-Inclán y un alivio para su maltrecha economía. Sin embargo, permanecerá poco tiempo en la cátedra, debido a la incompatibilidad del escritor con la vida académica y a problemas burocráticos. Las pocas clases que impartió tuvieron como escenario el Museo del Prado y las propias calles de Madrid.

    Como se ha dicho ya, en 1915 Valle-Inclán se declara a favor de los aliados y rompe con el partido carlista, decididamente germanófilo. Su amigo y traductor francés Jacques Chaumié lo invita a París para visitar el frente. El escritor quiere ser espectador privilegiado de la Gran Guerra y así, durante mayo y junio de 1916, visita todos los escenarios bélicos: Alsacia, los Vosgos, la Champaña, Reims, Flandes y Verdún. Convive en las trincheras con los soldados franceses e incluso -según él mismo contará- sobrevuela las líneas alemanas. A finales de junio regresa a Galicia, y se dedica a escribir desde el recuerdo su visión de la guerra, que se publica primero en el diario madrileño El Imparcial y aparecerá en libro al año siguiente con el título de La media noche. Visión estelar de un momento de guerra (1917). El breve volumen tiene gran significación, pues es un intento -fallido según su autor-- de aplicar las teorías estéticas expuestas en La lámpara maravillosa.

    Hasta 1919 no volverá nuestro autor a publicar ningún otro libro. Son años de silencio editorial, que se corresponden con su dedicación exclusiva a la poesía, y en los que el escritor, a caballo entre Galicia y Madrid, reflexiona, medita y labora su posterior producción. En ningún caso son años estériles, pues el resultado de esta etapa de silencio será extraordinariamente fructífero al iniciarse la nueva década.

    Desde 1913 a 1919 Valle-Inclán se dedica fundamentalmente a escribir poesía, que irá publicando de forma esporádica en periódicos y revistas. Casi consecutivamente, reunirá en volumen todos estos poemas dispersos y de este modo aparecerán La pipa de kif (1919) y El pasajero. Claves líricas (1920). Si el primero manifiesta una nueva estética basada en el juego y la provocación, El pasajero puede definirse como la versión lírica del autobiografismo y de las teorías esotéricas y ocultistas vertidas en La lámpara maravillosa.

    El año 1920 supone la consagración definitiva de Valle-Inclán como escritor. Además de publicar su poesía, durante este año verán la luz -por este orden- nada menos que cuatro obras dramáticas de una calidad excepcional: Farsa de la enamorada del rey, Divinas palabras -previamente aparecida en la prensa durante el verano de 1919-, y las primeras versiones de Luces de Bohemia y de la Farsa y licencia de la reina castiza. La estética valleinclaniana da un salto cualitativo y cuantitativo considerable en este verdadero annus mirabilis de 1920 y sitúa al escritor en la vanguardia literaria más innovadora.

    El teatro de Valle-Inclán en 1920 es un teatro nada convencional, una dramaturgia basada en las emociones que genera la acción, en la plasticidad y en la visualidad de cada escena antes que en conceptos teatrales clásicos. De esta forma, sus acotaciones son brillantísimas, literarias y casi cinematográficas por su dinamismo y los cambios de escenario múltiples. Evidentemente, se trata una dramaturgia muy difícil de representar en aquellos momentos, pero no irrepresentable. El escritor, consciente de las limitaciones técnicas de los teatros, los actores y el público, buscará alternativas a las soluciones que le ofrece la escena comercial, en sintonía con la vanguardia teatral del momento.

    En efecto, ya en 1920 colabora en la distancia con el Teatro de la Escuela Nueva que por aquel entonces dirige su amigo Cipriano de Rivas Cherif y que intentaría el estreno de la Farsa y licencia de la reina castiza, impedido finalmente por la policía. Rivas Cherif, a quien el autor considera la esperanza de la escena española, intentará fundar ese mismo año el Teatro de los Amigos de Valle-Inclán, un frustrado proyecto que tenía por objetivo la puesta en escena de los dramaturgos europeos más avanzados y de cuya dirección artística debía encargarse el propio escritor. Algunos años después, en 1926, los dos amigos participarán activamente en las sesiones de El Mirlo Blanco, el teatro de cámara que los Baroja tenían en el salón de su casa, donde se estrenará el prólogo y el epílogo de Los cuernos de don Friolera y Ligazón; ese mismo año fundarán El Cántaro Roto, intento de llevar la experiencia privada de El Mirlo Blanco al ámbito comercial y que fracasará al poco de ser creado.

    Publicada por primera vez en forma de folletín en la revista España (julio-octubre de 1920) con el subtítulo de Esperpento, Luces de Bohemia verá la luz como libro en 1924, con el añadido significativo de tres nuevas escenas. El esperpento supone en la estética de Valle-Inclán una confluencia total entre la visión de altura anunciada en La lámpara maravillosa y la síntesis dialéctica de lo trágico y lo grotesco. El distanciamiento artístico, la impasibilidad sentimental y la deformación grotesca de la realidad contemporánea, por la que Valle-Inclán manifiesta ahora un mayor interés, son los fundamentos teóricos del esperpento. Distanciamiento e impasibilidad generados por la posición elevada desde la que el autor, cual demiurgo, observa la realidad, y expresión grotesca, imagen reflejada por un espejo cóncavo, de esa realidad histórica. En definitiva, de la visión estética del demiurgo se desprende una actitud ética, pues el esperpento es la única manera estética posible de reflejar la tragedia contemporánea, de revelar su auténtica dimensión grotesca.

    La expresión «los felices veinte» podría aplicarse en cierta forma a la vida de Valle-Inclán durante estos años ya que, si bien la salud empezó a jugarle malas pasadas, fue muy intensa su actividad creadora y proliferaron sus actividades sociales especialmente en lo que se refiere a viajes. En 1921 visitó México invitado por el propio Presidente de la República, el general Álvaro Obregón, y también La Habana en el viaje de regreso. Las declaraciones de Valle-Inclán respecto al papel de España en la historia de estos países molestarán en la Península pero nadie sospecha aún hasta dónde llegará la capacidad crítica y provocadora del escritor. Su rebeldía necesita de una nueva estética que le permita llevar a cabo una creación vanguardista, de calidad y de denuncia a un tiempo. Así, reconduciendo sus convicciones tradicionalistas, fue concentrándose en el ataque a los principios de las clases sustentadoras del sistema capitalista (burguesía, ejército, clero) al tiempo que crecía su interés y comprensión por la lucha de las clases trabajadoras y por el anarquismo. Esta radicalización, como decíamos, implica una respuesta artística. Se trata de la sátira, que en los años veinte acabará por convertirse en el elemento esencial de los esperpentos.

    Bajo el título de Martes de carnaval reunió el dramaturgo gallego en 1930 tres obras teatrales ya publicadas anteriormente: Las galas del difunto -cuyo primer título fue El terno del difunto (1926)-, Los cuernos de don Friolera (1921), y La hija del capitán (1927). La unidad de Martes de carnaval se fundamenta en la forma estética común (esperpentos), y en el tema, el estamento militar («martes», plural de Marte, dios de la guerra), cuyo protagonismo en la historia española del siglo XX resulta grotesco («de carnaval») a los ojos del escritor.

    En 1927 recogerá bajo el título de Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte cinco piezas teatrales escritas -con excepción de la tragedia El embrujado (1913)- todas ellas a lo largo de la década; a dos de las nuevas las denominará «melodrama para marionetas» (La rosa de papel, 1924, y La cabeza del Bautista, 1924); y a las otras dos, «auto para siluetas» (Ligazón, 1926, y Sacrilegio, 1927). La intencionalidad del autor viene sugerida por el título que las engloba, pues se trata de plasmar en un «retablo» -un conjunto de obras autónomas que se integran en un sentido superior-el mundo de las relaciones humanas, regido por dos de los pecados capitales (la avaricia y la lujuria) y la presencia macabra de la muerte.

    Tirano Banderas (1926) constituye el primer exponente novelesco del esperpento valleinclaniano. La visión de altura alcanzará su desarrollo pleno en este género que mantiene el mismo distanciamiento del autor frente a los personajes que en las piezas dramáticas, la misma deformación grotesca, la misma deshumanización, etc. En definitiva, apreciamos la misma concepción de la existencia como absurda, y la misma actitud satírica.

    La novela tiene su génesis en el segundo viaje que el escritor realizó a México en 1921 y al que se ha hecho ya referencia. El motivo de dicho viaje fue participar en la conmemoración oficial del centenario de la independencia del país como embajador oficioso de la intelectualidad española, solidaria con la política agraria y educativa del presidente Obregón, y como respuesta a las presiones del gobierno español para que el gobierno mexicano compensara económicamente a la colonia española, cuyos bienes habían sido expropiados. Durante dos meses Valle-Inclán pronuncia conferencias, concede entrevistas y recorre el país en un vagón de tren cedido por el propio Presidente de la República. En sus declaraciones, el escritor arremete contra los colonos españoles -los gachupines- y contra la política española de chantaje y boicot a México. Una vez de regreso, sus manifestaciones de protesta se van radicalizando. Paralela a esta radicalización, o consecuencia de ella, es la idea de literaturizar la experiencia vivida en América, hasta que, unos años más tarde, la lleva a cabo.

    Siempre fascinado por la historia del siglo XIX, Valle-Inclán hizo acopio de fuerzas y material para la redacción de El ruedo ibérico, serie novelística con la que quiso tomarle el pulso a la historia española desde el final del reinado de Isabel II hasta la Guerra de Cuba. El escritor ideó una obra de conjunto que iba a dividirse en seis libros, de los que sólo llegó a escribir tres: La Corte de los milagros (1927), ¡Viva mi dueño! (1928) y Baza de espadas; si bien este último se publicó de manera incompleta en el periódico El Sol en 1932, y mucho más tarde, en 1958, el fragmento fue editado como libro. La segunda serie iba a titularse Aleluyas de la Gloriosa y constaba de España con honra, Trono en ferias y Fueros y cantones. Hubiera sido la tercera La Restauración borbónica con Los salones alfonsinos, Dios, Patria y Rey y Los campos de Cuba. Los títulos indicados nos dan una ligera idea de lo ambicioso del proyecto, truncado por la muerte del escritor.

    Aunque enfrascado en la redacción de la que Valle-Inclán considera su gran obra, el escritor permanece atento a cuanto sucede a su alrededor. Durante su estancia en prisión en 1929 había conocido a algunos de los líderes de la Alianza Republicana, y cuando, en abril de 1931, se proclama la Segunda República, Valle-Inclán apoyará con entusiasmo el nuevo régimen, e incluso se presentará como diputado por el Partido Radical de Alejandro Lerroux en las elecciones a Cortes constituyentes de junio de ese mismo año, aunque no obtendrá el escaño. En 1932 es nombrado Conservador General del Patrimonio Artístico por el gobierno de Azaña, un cargo creado especialmente para él aunque sin demasiado contenido, y del que el escritor dimitirá en 1933 para hacerse cargo de la dirección del Ateneo de Madrid. Pero la inquietud de Valle-Inclán, que se toma todos sus cargos muy en serio, resultará molesta incluso para las nuevas autoridades, y en marzo de 1933 es nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma, donde residirá poco más de un año. Tras regresar a España, su enfermedad se agrava e ingresa, a principios de 1935, en una clínica de Santiago de Compostela; desde allí manifestará su rechazo al gobierno derechista, al tiempo que es nombrado miembro de la presidencia de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, aunque no podrá asistir al Congreso de la misma en París. En Santiago de Compostela fallecerá el escritor el 5 de enero de 1936, sin poder ver el triunfo de su admirado Azaña y el Frente Popular en las elecciones de febrero, ni el golpe de Estado que los «martes» grotescos que él tanto había ridiculizado convertirán, a partir del 18 de julio de ese mismo año, en una larga y sangrienta guerra civil.
 

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